Raíces, lenguas y libros: lo que viví en Lima 2025

Una crónica íntima de sanación, lengua viva y literatura andina


Quisiera contarles desde el inicio, pero llevaría días, semanas o incluso años ofrecerles el contexto completo. Así que me centraré en este último tiempo.

Fueron meses de reposo absoluto, de depender, de esperar, de aceptar que ya no era yo quien decidía el ritmo de las cosas. Veía caer un papel al piso haciéndome un guiño, o el polvo cubriendo mis entornos como si jugara conmigo… y yo sin poder hacer más que observar. Pero mis ángeles de luz hacían por mí lo que yo no podía: detenerme, recordarme que fuera despacio, que me dejara cuidar.

A veces sentía que podía correr como caballo desbocado, saltar desde una barca gigante sobre un muelle… pero una punzada me detenía a tiempo.

No podía leer ni escribir. Todo iba lento. Había dolor localizado y congelamientos repentinos.

El contexto profundo de este dolor se lo contaré en otro momento. Hoy quiero enfocarme en lo que vine a compartir.

Soy warmi tech (mujer tecnológica), millennial. Y mientras recorría mi mundo virtual, de repente recibí un correo: una invitación a participar de un concurso para representar a Ecuador en la 30* FIL Lima 2025. Últimamente había estado postulando a concursos como quien lanza la red en una laguna inmensa. Esta era una posibilidad que siempre quise, pero para no ilusionarme tanto lo tomé como una postulación más, como cuando tomas veinte fotos esperando que al menos una sea la buena. Había terminado de escribir una colección de cuentos kichwa-castellano contemporáneo y tenía las letras burbujeando en la cabeza.

Y el “por si acaso” se hizo realidad. Me llamaron del Ministerio de Cultura para una breve entrevista acerca de mi postulación y mi propuesta. Me sorprendí. Estos espacios suelen estar reservados para nombres conocidos, para amigos de los amigos. Incluso en mi propio país, no siempre una es profeta en su tierra. Pero este camino ya venía fermentando como chicha buena: palabras que germinan como maíz, hojas dulces en forma de libros, blogs, antologías esparcidas.

Y sí: estaba sucediendo. Fui invitada por tener literatura en lenguas originarias, para representar a Ecuador en Perú, un país hermano con una historia compartida de pueblos milenarios. El quechua, el kichwa y nuestras demás lenguas están viviendo un momento especial, mientras las juventudes beben del néctar que otras generaciones venimos dejando en el camino.

Gracias al Ministerio de Cultura del Ecuador y a la Cámara Ecuatoriana del Libro, que actuaron con apertura y mérito, llegamos a la Feria del Libro de Lima 2025, un paraíso de libros de todos los colores y tamaños, que hacían la venia desde sus portadas como mapas hacia el éxtasis. La feria ocupaba todo un parque: el Parque Próceres de la Independencia, cuyos héroes parecían ahora vestidos con hojas de libros del mundo entero. Por todas partes, la presencia de la memoria de Mario Vargas Llosa, Nobel de literatura era imponente.

A mi llegada, debía participar en un evento que presentaba al país invitado del próximo año. En 2026, Ecuador será país de honor, con el espacio principal y la oportunidad de exhibir nuestros proyectos literarios, especialmente los que visibilizan nuestras lenguas originarias.

Al día siguiente, compartí mi experiencia en la creación literaria desde nuestras lenguas. El público, curioso y atento, preguntaba por la similitud entre el quechua del Perú y el kichwa del Ecuador. Leí poemas, conté historias, hablé desde mi experiencia como mujer de campo y ciudad. Faltó tiempo, pero sembramos alegría y conciencia: venimos del mismo Ande, de una raíz común, sedienta de memoria.

Después, me perdí feliz entre libros y pabellones. Descubrí una instalación llamada “El método de Mario Vargas Llosa” como homenaje póstumo a este autor. Caminé entre imágenes de su niñez, juventud y madurez, explorando lo que pudo haber sido su fórmula para escribir tanto. Me quedé contemplando sus borradores tachados, sintiendo ganas de tomar su pluma y absorber algo de su fuerza.

Al siguiente día, TV Perú me invitó a una entrevista en el programa ÑUQANCHIK, íntegramente en quechua, a las 5 de la mañana. Fue una experiencia hermosa. La dulzura de nuestros pueblos se siente en la mirada, en los colores de los ropajes, en la sinceridad que se enciende entre palabra y palabra. Conversamos entre el quechua y el kichwa, compartiendo el camino literario de esta purik warmi. Terminamos con un abrazo que selló un pacto de hermandad: Tuparinkakaman / Tupananchiskam / Hasta que nos volvamos a encontrar. 

Más avanzado el día, fui invitada a la Biblioteca Nacional del Perú, un templo que resguarda miles de libros, desde los más antiguos hasta los más contemporáneos. Allí vi de cerca ejemplares de Jorge Icaza, firmas originales de José Joaquín de Olmedo, e incluso manuscritos del mismísimo Inca Garcilaso de la Vega, con sus comentarios y relatos de aquellos tiempos. Fue un recorrido breve, pero profundamente conmovedor. Mis manos querían detenerse en cada página, hojear esas joyas con devoción, pero todo sucedió como en un sueño. Aún lo siento así: un privilegio que guardaré siempre en mi memoria. Lo más increíble fue que un ejemplar de mi libro quedó donado a esta colección. ¡Wow! Aún me cuesta creerlo. Un edificio entero, con personal dedicado a custodiar y servir a investigadores de todo el mundo… y entre esos estantes, ahora, reposa también una parte de mi voz. Me siento profundamente afortunada.

En la tarde participé en un conversatorio con la escritora wampis, Dina Ananco. Su poesía, nacida de la selva, me envolvió con fuerza y misterio. Allí conocí en persona a escritoras y escritores de lenguas originarias que solo conocía virtualmente. Sentí una familiaridad profunda: compartimos búsquedas, encuentros, y ese deseo de formar un ayllu literario en este kay pacha / mundo de aquí.

En la noche, participé de un recital bohemio en el centro de Lima, en la calle Quillca —que en quechua/kichwa se interpreta como “letra” o “escritura”—. Allí escuché la prosa vibrante del poeta Antonio Chumbile, que me aceleró el corazón. Cuando me tocó leer, lo hice con poemas del uku pacha / mundo de abajo, kay pacha / mundo de aquí y hanan pacha / mundo de arriba Fue como en mi infancia, cuando me lanzaba sobre una rama por una pendiente y me detenía justo antes del precipicio. Así, el hanan pacha / mundo de arriba me sostuvo con su cálida mano para que no doliera la caída.

Conocí personas plenas: escritores, músicos, investigadores… incluso médicos que en sus tiempos libres investigan y escriben sus vivencias. Esa es la Lima bohemia: tierra fértil de talentos múltiples.

Otro día se presentaba Milena Warthon, la cholita pop de las canciones dulces que me ha acompañado en tantas noches. Pero no logré entrar: el aforo estaba completo. Escuché su voz como eco desde fuera, mientras compartía un cóctel con colegas escritores. 

Ah, por cierto: llevé muchos libros míos... y no volvió ninguno. Todos se fueron. Pero sí traje muchos otros libros a mi vida. Quiero explorarlos como quien bebe chicha de las manos sabias de las mamas.

Entre tantas conversaciones y emociones, reafirmé algo esencial: mi necesidad de seguir contando historias, de romper con el molde del escritor distante y crear desde el cuerpo, la memoria, la lengua, incluso como un champús, un laberinto indescifrable. De amar lo que soy, incluso si a veces parezco espejo roto. Porque en esa fractura también hay luz, también hay belleza. Como el diamante, después de tanto ser pisoteado.

Empezaré con la colección de cuentos del conejo. Una obra que irá madurando, y que pronto estará disponible para los verdaderos dueños de mis historias: ustedes.

Y eso... se los contaré en otro de estos largos testamentos.

Tuparinkakaman tukuykuna / Hasta que nos volvamos a encontrar. 


 

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